Una nueva sociedad. Estrategias participativas

Aunque parezca un distante camino, los paradigmas comenzaron a repensarse a partir de la Primera Guerra Mundial, con motivo de la gran crisis que también afectó a la cultura.

Frente al gran lobby del mercado, que mueve el mundo y por consiguiente el Arte, se comienzan a plantear otras formas de crear culturas más participativas, si puede decirse, de claros tintes políticos.

A finales del siglo XX comienza a funcionar la maquinaria que mueve arte, sociedad y política para crear un arte calificado de colaborativo que huirá de los núcleos elitistas artísticos y se distribuirá por focos sociales de diversa índole.

Ante el inminente agotamiento del arte representativo, los artistas buscarán nuevas formas de creación, ligadas al surgimiento de una nueva manera de entender la sociedad, antítesis del sistema imperante.

Es la llamada antiglobalización, defendida como punto de partida en ciudades como Seattle o Praga.

La atención de los artistas que comienzan a llevar a cabo estas prácticas se fijará en zonas menos privilegiadas socialmente, no para tomar de ellas la mil veces repetida inspiración, sino para trabajar conjuntamente en pro de crear una sociedad más inclusiva.

La palabra procomún tomará fuerza dentro de las estrategias de arte colaborativo. Supone la ruptura con lo privado y lo público, creando espacios colectivos basados en la horizontalidad.

Ante la necesidad de reclamar espacios públicos de necesidad vecinal y que los gobiernos no conceden, nacen en España diversas tácticas de apropiación cuyo germen hay que buscarlo en el deseo de colectivos artísticos de hacer de su arte una reivindicación política que ayude a grupos sociales menos privilegiados.

 

 

Claramonte Arrufat, J. (2011). Arte de contexto. Donostia-San Sebastián: Nerea, S.A., p. 19.

 

 

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